1 A continuación realizaremos
un breve repaso de la evolución socioeconómica de Occidente, desde el crack del
29 hasta las políticas neoliberales de los 80. Situaciones las cuáles
relacionaremos con la actual, estableciendo analogías con los posibles
escenarios futuros.
La economía occidental, especialmente al
principio, se rigió por una versión atenuada del mundo socialista. Ya desde las
políticas del New Deal emprendidas por Roosevelt, el mundo
occidental se comenzó a caracterizar por una fuerte presencia del estado en la
economía. Esto se traducía en la existencia en todos los estados del mundo
occidental –en mayor o menor grado– de un sector significativo de la economía
nacionalizado: grandes empresas publicas en el sector de los bienes de capital
–acero, eléctricas, energía, etc. – y la banca, también nacionalizada total o
parcialmente en algunos de ellos.
El Estado parecía haber escarmentado tras la crisis del 29
y pretendía evitar a toda costa la existencia de unas tasas de desempleo
como las que se habían producido en los años 30, de entre el 24% y el 25% en
Estados Unidos. Evitar el desempleo por encima de todo no se debía solo a una
cuestión política: el desempleo masivo era considerado por los gobiernos como
un posible causa determinante para el ascenso del fascismo, y la rivalidad y
conflicto entre estados que había desembocado en la segunda guerra. El miedo a
que se reprodujera esa situación llevaría a los Estados a asumir la
teoría de Keynes, y a la inversión pública. El propósito de las nacionalizaciones
que se llevaron a cabo era implantar una política de elevados tipos de
intereses que atrajera hacia esa banca pública el ahorro de los ciudadanos,
contribuyendo de esta manera a financiar ese sector nacionalizado de la
economía, y por tanto financiando la creación de empleo
público.
Otra de las características claves de la etapa de
intervencionismo estatal fue la elevada presión fiscal en casi todos los países
–con impuestos elevado–, y al mismo tiempo un fuerte carácter redistributivo –
las rentas más altas pagarían más de lo que pagaban las rentas más
bajas–. El propósito en este caso era principalmente generar ingresos,
para que el Estado pudiese conseguir el pleno empleo a través de la inversión
pública, además de financiar las políticas del Estado del bienestar
Los mercados –de capitales, de trabajo, de bienes y
servicios, etc. –fueron a su vez fuertemente regulados. El estado los
reguló en búsqueda de determinados objetivos. Por ejemplo, esta banca pública
estaría dispuesta a prestar a tipos de interés muy bajos a aquellas empresas
que se comprometieran a garantizar inversiones a largo plazo que pudiesen
generar empleo, y generar aumentos de productividad, que a la larga,
indirectamente, generarían también empleo.
Debemos destacar también el auge de la planificación
indicativa que se generaliza sobre todo en Europa. Ella consistía en
que cada cinco o siete años el Estado desarrollaba planes en los que se
esbozaba hacia donde debería ir el sistema productivo, donde se debería
invertir más, que aspectos del sistema productivo deberían ser mejorados o
fortalecidos, etc. (muchos sociólogos informaban del desarrollo de estos).
Reorientaban así toda la política económica, dirigiéndola hacia la dirección
pertinente. En España, ejemplo de ello son los planes de desarrollo en
los años 60.
Sin embargo, todo cambió a finales de los años 70 con un
fuerte retraimiento del Estado. La punta de lanza de este cambio la protagonizó
USA con la llegada a la presidencia de Ronald Reagan, y Gran Bretaña con La
dama de hierro Margaret Thatcher. Durante esta época de
neoliberalismo, el pleno empleo deja de ser la prioridad de la política
económica occidental. Se llega a la conclusión de que la economía no puede
realzarse a no ser que se contengan los precios. El guía fundamental será poco
a poco el neomonetarismo: contener los precios a través de limitar la masa
monetaria en circulación, es decir, a través de contener el gasto publico. El
viraje que se produce en la política económica a finales de los 70 tiene como razón
de ser el hecho de que los políticos y los economistas defienden que el Estado
ya no es capaz de generar empleo. Ello se debe principalmente a dos razones. En
primer lugar, debido a que el Estado no tiene tantos ingresos como antes,
y en segundo lugar, porque las propias políticas neomonetaristas para contener
la inflación limitan el gasto del Estado. Como consecuencia de esto, todo lo
que era el sector nacionalizado se convirtió en una maquina de perder dinero a
medida que esos sectores nacionalizados pierden su competitividad frente a las
economías emergentes, como Japón o Corea.
En definitiva, tanto aquella crisis como la crisis que nos
acecha son crisis de competitividad, que hacen aflorar a su vez algunos otros
problemas estructurales. Europa tiene actualmente diversas opciones para
combatir con un país tan competitivo y con tanto potencial como China. Una de
ellas podría ser la inversión en I+D (y universidades, educación,
conocimiento, etc.) como está haciendo Estados Unidos o Alemania, que durante
la crisis han aumentado el dinero que destinan a estas partidas. Otra
posibilidad, más controvertida desde el punto de vista ético, podría ser
crear inestabilidad económica en China para que el país llegue a
fragmentarse o dividirse. La economía política o politólogos como Inglehart
tienen desarrollados modelos que defienden el aumento cuantitativo de una clase
media que obtendrá suficiente nivel adquisitivo para exigir sueldos más
altos, y elevar el nivel de vida e los trabajadores. De esta manera, la
competitividad de China se vería mermada problema que se plantea la economía
política es cuando se producirán.
Actualmente Europa es un auténtico desastre, con unos
dirigentes políticos irresponsables fomentando el nacionalismo más populista
(Sarkozy o Monti). No hacen lo necesario, no abogan (en la práctica) por una
Europa más fuerte, ni invierten en I+D (de hecho, lo primero que se redujo en
los PGE en España fue la inversión en I+D+I)
Mientras tanto, países como Alemania mantienen un sector
industrial muy potente, con una mayor capacidad de aumento de la productividad
que en España. Continúan con un superávit exportador. Cuando en otros
países se reduce en I+D o educación, en Alemania ese gasto aumenta. Al igual
que EEUU sistema de I+D y unas universidades generadoras de conocimiento
para privilegiados.
A favor de occidente está la dificultad (históricamente
hablando) de que Imperios tan extensos perduren en el tiempo sin fragmentarse.
A eso hay que añadir las bases autoritarias sobre las que China se sostiene
actualmente, que no disminuyen bajo ningún concepto. Es difícil pensar por
tanto que este régimen pueda mantenerse sin fuertes reyertas sociales,
revueltas, etc. que (algún día) podrían no ser paralizadas. Aún con todo, un
cambio en Europa es necesario, y esa solidaridad europea por
la que Sarkozy abogaba allá por noviembre debe imperar ahora más que nunca, si
es que queremos mantener un nivel de vida al menos similar al que hemos tenido
durante los últimos 60 años.
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